Siempre existirá un temor a la página en blanco, porque siempre habrá un momento en el que no haya algo interesante que contar. Por eso ella se mecía el cabello con desesperación y usaba el lápiz como baqueta contra la hoja insistiendo al inconsciente para que le ayudara con una línea, para que alguna palabra se escribiera sola y así poder ir tirando de las letras hasta desmadejar una historia completa. Nada, a veces no hay súplica que valga y la hoja se queda como en un principio y el escritor la siente como un espejo, un espejo mudo por supuesto. Pero esta vez el vacío provocó un trance nuevo que la sometió antes de dormir y la dejó en un estado de media vigilia, de medio soñar en el que el papel en blanco no le pareció tan malo como otras noches porque imaginó que una idea se desprendía de la nada, imaginó (¿o soñó?) una idea desarraigándose del papel, una hoja que escupía la tinta hasta quedar inmaculada. Todas las letras iban a parar a su cerebro donde danzaban un rato en forma de espiral hasta que éste las absorbía como papel a la tinta fresca y llenaban pequeños surcos como caminos, como vetas de algún mineral en la tierra, como el agua llena los pequeños laberintos de la superficie de las palmas de las manos. Como no sabía muy bien si estaba soñando no tuvo el instinto de buscar papel y se arriesgó a que las ideas se perdieran como cardúmenes en el mar que es la memoria, pero no lo hicieron porque a veces el inconsciente nos juega para bien y esa noche se erigió en red que mantuvo a las ideas claras, frescas e indivisibles.
Hay hombres que se vuelven interesantes no porque tengan algo para contar sino porque cada cosa que les pasa, aunque a la vista de la mayoría sea insignificante, a ellos les evoca algo. Ellos no le tienen miedo a la hoja en blanco porque más que contar, parecen cantar (tan bonita la similitud de los verbos) las historias, más que literatura parece que hacen música, cada letra una nota y van construyendo melodías como quien levanta castillos y resquebrajan la gravedad dejando esplendorosas construcciones momentáneas en el aire hasta que un ligero soplo del viento las desvanece, hasta que el giro de la esfera terrestre las desperdiga. Son unos viejillos con vocación de medievales trovadores galos pero acaso no tengan ya nada épico que contar, sino cosas cotidianas, descriptores de la vida común a la que le borran con violencia la rutina.
Suena ridículo conocer a uno de ellos en un lugar común como sentado en la banca del parque dando de comer a las palomas pero así fue, se fue a sentar ahí a ver qué tenía para contar el señor y fue decir buenosdíascómoleva y ver el mundo desde otro eje, inclinar la cabeza 45° y saber que lo que siempre está ahí tiene un plano desde el que resulta más interesante quedarse a mirar. El viejo le dijo que las palomas rara vez se posaban en los árboles tal vez porque no se sentían dignas de las demás aves, que aunque los árboles eran vegetales parecían seres de un solo pie que extendían sus múltiples brazos en busca del sol, que los árboles no siempre mueren de pie, que los hay que no pueden con el peso de todos sus años y buscan besar la tierra en un viaje lento pero contundente hasta que yacen ahí tirados y, muertos, son placenta de las semillas que tienen por vientre a la tierra y que el primer asomo de un tallo, de una hoja, es un alumbramiento, que cada árbol que nace es la tierra desgarrándose para dar a luz a un nuevo productor de oxígeno, que las plantas no producen oxígeno, lo desechan, que la basura de la clorofila es lo que nos mantiene vivos a nosotros que a veces de lo único que somos capaces es producir amarguras, que ningún otro animal desperdicia energía en rencores porque siempre resulta más efectivo usarla para seguir viviendo, que estamos ligados a todo en formas que no nos es dado conocer porque somos una insignificancia en el universo pero que es un error no maravillarse con cada insignificante detalle que pasa aunque sea el leve vaivén de la hoja que cae porque esa hoja bailando hacia la tierra es una alegoría de un planeta que se mueve alrededor de una estrella, de una estrella que se rinde girando en una galaxia, que el cosmos gastó por lo menos quince mil millones de años para que nosotros no gastáramos uno de sus latidos creyendo que todo es pasajero y que la rutina puede más que todas las maravillas que a diario obviamos de camino al trabajo.
Y eso es lo que piensa uno de los señores que da de comer a las palomas en la banca de algún parque.
La hoja ya no estaba en blanco, vio con incredulidad que ese espacio de dos dimensiones de forma rectangular era capaz de contener con alegría algo mucho más grande. Ya no se meció el cabello, ya no percutió con el lápiz, buscó la cama y sus cabellos ocuparon la almohada como serpientes, entró al sueño de los que ya no le temen al vacío.