Cierto día hace no mucho tiempo un viejo me contó una
historia sobre dos amantes.
Se acercó cuando me senté a descansar en una piedra cerca
del río y ya desde que lo vi de reojo supe que (quién sabe cómo) había
adivinado lo que estaba yo pensando. Caminaba lento y encorvado el señor y lo
hacía con una convicción de otros tiempos, sin bastón, como esperando que yo no
lo esperara y lo dejara ahí, sin decir palabra. Lo esperé porque me recordó a
mi abuelo que siempre tuvo una historia para contar, pero pocas veces tuvo a un
nieto dispuesto a escuchar, por eso y porque ya el esfuerzo que estaba haciendo
me venía pareciendo excesivo.
Estaba pensando que el lugar que elegí para descansar era
cuestión de azar, una piedra de tantas en el mismo río que caminé tantas veces
en la infancia. Siendo el lugar bello como era, resultaba lo mismo sentarse sobre
una almohada de hojas o de musgo o treparse a un árbol o meter los pies al agua
despacito para sentir que la vida valía la pena. Caí en la cuenta que no, mi
cuerpo cansado eligió el lugar pero no tuvo la decencia de consultarme antes.
Así las cosas.
—Parece que está tratando de decir algo ¿no?
—Siempre parece— le dije —no he conocido río que no murmure.
—Será que cada uno tiene algo distinto que contar.
—Será eso. Pero nunca he sabido de alguien que haya
platicado con un río, nomás se quedan ahí esperando que brinque una palabra
como brincan los salmones remontando.
—Son pocos los que vienen, menos los que escuchan.
—Siendo así, cuénteme pues.
Él salió de su casa temprano y sin embargo cuando llegó ella
ya estaba ahí, tirada a la sombra de un árbol, con el cabello castaño perdido
entre las hojas, boca arriba viendo el cielo de cierta manera que parecía que
sus ojos eran azules. Dicen que ella veía las cosas así, de forma que cuando tú
las veías después ya eran diferentes. Dicen que él le extendió la mano y ella
la tomó, se levantó, pero ya no la soltó. Iban a jugar y él propuso el juego:
había que cerrar los ojos y caminar por la orilla del río y que el murmullo de
este los fuera guiando hasta su hogar. Hubo quien los vio dando trompicones
mientras reían y hubo a quien le pareció
un juego absurdo y hasta peligroso.
Cuando cayó la tarde ya nadie sabía en dónde estaban. Los
buscaron ya sin esperanza y sin esperanza dejaron de buscar, sin encontrar algo.
Se los habrá llevado el río creyeron. Yo entonces era un niño y hasta ahora me
pareció absurdo que a nadie se la haya ocurrido hacer lo mismo que ellos,
seguir ciegamente el murmullo del río.
—¿Nunca los encontraron? — le pregunté.
—Nunca.
—Es una pena, —respondí francamente desolado —era una gran
idea para averiguar lo que dice el río.
—¡Ay hijo! No lo entendiste.
Y se alejó lentamente con una sonrisa leve, así como había
llegado. No lo quise detener, porque hay cosas que uno no está preparado para
saber, preferí quedarme ahí sentado pensando en lo que no había entendido.
Cuando cayó la tarde y la humedad me despertó,
la idea me tomó por sorpresa y no pude más que alejarme lentamente con una
sonrisa en el rostro. Lo que este río murmura es un camino de regreso a tu
hogar.