domingo, 15 de enero de 2012

Una raíz podrida.

Vivimos en un país que ha tocado fondo. Desde que tengo uso de razón me ha parecido ridícula la idea de nacionalismo, me ha parecido siempre una especie de racismo querer únicamente a la gente que nació en un territorio determinado por cuestiones de azar unas cuantas  veces y por el capricho de los hombres muchas más. Sin embargo he nacido en un territorio bellísimo cuyos recursos naturales están a la par de la indiferencia y mediocridad de su gente: parecen no tener fin. La clase política se burla abiertamente de la pobreza en que tienen a la mitad del país, el presidente manda construir un monumento que es prueba de ello y aún hay quien lo festeja, los legisladores hacen lo mismo porque su palacio anterior ya no les gusta, la iglesia católica acepta una plaza de un hombre que según su profeta mayor no puede alcanzar la salvación por acumular una ya nauseabunda cantidad de bienes materiales, los gobernantes aceptan sin tapujos haber robado miles de millones de pesos, el candidato con mayor aspiración a ser presidente es un ignorante, las personas destinadas a cuidarnos nos roban, secuestran, extorsionan y matan, el narcotráfico llega a niveles casi de risa loca afirmando que ellos son buenos porque asesinan solamente a aquellos que lo merecen. Unos cuantos organizan protestas estériles y la mayoría nada, se quejan de su gobierno mientras ven "Laura de México" y leen a Carlos Cuahutémoc Sánchez (eso si leen) y van a palenques donde el "artista" se droga en el escenario y compran droga y se endeudan con bancos que prácticamente roban y practican abortos porque es lo más fácil y les vale olímpicamente verga que las personas que no se meten con nadie, que cultivan los alimentos que se llevan a la boca, que son los únicos realmente honrados en este bendito territorio lleno de gente mierda, se estén suicidando por hambre. Suicidarse por hambre: el concepto no sólo es para dar terror o llorar, es para darse estúpidamente cuenta que este país ya no tiene remedio, se va a ahogar en su propia sangre. Los que alientan, los optimistas, son aquellos que llevan el látigo, son tirados por unos bueyes que nunca se cansan, que no tienen el mínimo sentido de supervivencia y que algún día, sin darse cuenta, morirán.
No hay que engañarse, lo mejor es irnos en cuanto podamos, abandonar las ruinas (que para colmo están en llamas) de un lugar que ya no tiene salvación.