martes, 20 de diciembre de 2011

Nadie me lee

El pasado 12 de diciembre vi como la virgen de Guadalupe era blanco de innumerables burlas en twitter, cosa que mi creyente interior resintió a tal grado de querer componer un Ave María (del cual ya tengo un compás) como para demostrar que creer en algo no te hace una persona de menor intelecto. En el ejercicio de idear la antes mencionada pieza musical di con ciertas ideas que me confirmaron que, a fin de cuentas, la diversidad de pensamiento es lo que hace de la humanidad una especie soportable.
Un blasfemo tiene derecho a serlo porque no lastima a nadie, hiere siempre el ego y los intereses de personas que se dicen espirituales sólo para aprovecharse de los que de verdad sienten fe. Existe una diferencia sustancial entre los blasfemos de hoy y los que lo fueron cuando existía la inquisición, porque cuando existían instituciones encargadas de "castigar" las herejías, una blasfemia resultaba un deseo de libre expresión, un grito que era apagado con la muerte. Habrá que imaginar el resentimiento que se genera cuando un ser querido es torturado y asesinado por el simple hecho de declarar abiertamente que no está de acuerdo con la forma de expresión de la fe de una comunidad, un resentimiento que lleva igualmente a renegar de lo que se suponen creencias absurdas; una blasfemia era entonces una declaración sincera de ira en contra de Dios. 
Un blasfemo actual se ganó su derecho a blasfemar, sin saberlo, en las hogueras del santo oficio y de igual forma sin saber, lo desperdicia en declaraciones de mal gusto sólo para molestar a algún creyente tanto o más ignorante que él mismo.
Se agradece, en fin, porque hacer pensar es más difícil que hacer enojar y yo ya empecé a componer.


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